About Abizar
La primera luz del anochecer alcanzó las maderas de la cubierta superior justo al fondear frente a Kelor, dorada y baja, proyectando largas sombras de la tripulación mientras preparaban el equipo de snorkel. Yo me apoyaba en la barandilla del Abizar, con la sal aún en el pelo tras la travesía de la tarde, observando a una huésped que flotaba sobre la pendiente coralina. No había música, ni prisas: solo el tintineo de la jarcia y las instrucciones serenas del patrón para apartar la zodiac unos metros. Aquel instante, sin agobios y preciso, marcó el tono: este no iba a ser un desfile de puntos fotográficos, sino una cadencia afinada a las mareas y a la luz.
Los 25 metros de eslora del Abizar transmiten equilibrio: no resulta sobredimensionado, pero sí espacioso donde conviene. La distribución de cuatro camarotes mantiene los grupos recogidos. Yo me alojé en el Superior Cabin, que comparte el mismo revestimiento de teca del casco que los demás pero se ubica algo a popa del centro. Lo que destacaba no eran los acabados de lujo, sino los espacios pensados: hueco suficiente junto a la cama para guardar una bolsa de buceo, un bolsillo de red para las gafas de sol y una ventilación que de verdad funciona a las seis de la mañana, cuando el generador se apaga. En el baño compartido que usé, el agua caliente aguantó tres duchas seguidas, algo poco frecuente en barcos de este tamaño.
Los días seguían una secuencia limpia. Nos despertamos frente a Padar antes del amanecer, subiendo la cresta oriental mientras el cielo pasaba del índigo al coral, con el barco como una silueta diminuta en la bahía. Tras el desayuno a bordo, navegamos hasta Komodo para el paseo con guardabosques en busca de los dragones. La tripulación ajustó los tiempos con precisión: llegamos antes del calor del mediodía y por delante de dos grupos mayores. Más tarde, en Pink Beach, hice snorkel en la cala norte, donde la corriente trae pequeños bancos de peces murciélago. Manta Point estaba menos concurrido que de costumbre; derivamos sobre la estación de limpieza durante casi veinte minutos, avistando tres mantas, una de ellas con una muesca característica en el lóbulo cefálico.
El tercer día, Taka Makassar nos regaló ese banco de arena de postal, pero solo por una hora. El Abizar no se entretuvo. Poco después nos desplazamos a Kanawa, donde la pendiente volcánica cae con rapidez hacia el azul. Eso me gustó: no perseguir lugares de Instagram, sino dejar respirar los puntos de inmersión. El rincón de descanso del techo se convirtió en mi esquina favorita, sin sombra pero siempre atrapando la brisa, ideal con una Bintang fría mientras regresábamos rumbo a Labuan Bajo. Aquella noche, la tripulación sirvió pescado a la plancha, sencillo pero en su momento justo, con el sol poniéndose sobre los acantilados occidentales de Sebayur.
Las comidas se sirven en el comedor abierto: sin aire acondicionado, solo ventilación cruzada y ventiladores de techo. Los desayunos eran consistentes: huevos revueltos, plátano local, tostadas y café cargado. Los almuerzos eran platos únicos: curri amarillo con pollo o arroz frito con ensalada de algas. Las cenas se inclinaban hacia lo indonesio: sopa soto, pargo a la brasa, kangkung salteado. Las necesidades dietéticas se atienden si se avisan con tiempo; vi cómo el cocinero modificaba un plato para una huésped vegetariana sin aspaviento. No hay carta de vinos, pero se permite traer bebida propia sin cargo de descorche.
Lo que más me impresionó fue la disciplina de la tripulación. Se movían en silencio durante los trayectos del alba. Ni un grito en cubierta a las 5:30. La zodiac se arriaba con remos acolchados hasta que arrancaba el motor principal. No son detalles de folleto: son señales de un barco bien llevado. Para un yate de categoría deluxe en Komodo, el Abizar no pretende ser un cinco estrellas. Apunta a ser fluido, competente y discreto, y da en la diana.










